Las sobremesas del pasado

Publicado: marzo 12, 2014 en Entre historias y reflexiones

Publicado originalmente en El Huffington Post: http://www.huffingtonpost.es/jorge-berastegui/las-sobremesas-del-pasado_b_3891383.html

Cuando me enteré de la muerte del periodista Jesús de la Serna, estaba a punto de bajar a desayunar. Si hubiese estado en la redacción de un periódico madrileño o en la cafetería de alguna universidad española, habría comentado la noticia con algún compañero. Pero en Ecuador mi vida es diferente: a esas horas la gente come encebollado de albacora, una especie de atún. O bistec de hígado con arroz. O una bola grande de plátano verde machacado con queso y chicharrón de cerdo que se llama ‘bolón’. A veces yo también me aventuro por la contundente gastronomía mañanera del país, pero como tengo el estómago protestón, suelo tomarme un té y unas tostadas con tomate y aceite de oliva, que está a ocho euros la botella en el supermercado.

A mí Jesús de la Serna no me dio clases en La Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS, donde él enseñó y yo aprendí, unos cuantos años más tarde. Pero cuando se muere alguien me da por pensar en las muchas otras cosas que se mueren. Como cuando se murió mi padre y se murieron las sobremesas eternas con el rayo de sol que entraba por la cocina en primavera o las noches con cubata y whisky que duraron demasiado poco y en las que yo fantaseaba con estar en las historias pasadas que él me narraba.

Si mi padre, que era un hombre comprometido y un estupendo y sencillo profesor, hubiera conocido a Jesús de la Serna en los ochenta o noventa, quizá habría hablado con él de periodismo, sobre algún editorial interesante, con la confianza civil y laica de que España era una máquina que iba a mejor y sólo se necesitaban pequeños arreglos circunstanciales para que siguiera funcionando.

Tempus fugit: esa confianza se evaporó, igual que cambian los lugares y casi nadie de mi generación habita el espacio que pensó que podría ocupar. Lo pienso sin amargura, mientras le compro el periódico a un señor de setenta años al que le falta un dedo y arrastra su carrito desde las siete de la mañana, hasta que a las once se sienta debajo de una sombrilla y deja pasar el día. Es el azar de los hombres y mujeres comunes. Como decía una amiga: “vorágines de vida, pero son las nuestras”.

Leyendo sobre la muerte de Jesús de la Serna, me dio por pensar que entre su generación y la nuestra se han muerto los maestros. Ha habido mucha gente brillante, pero alguna demasiado ocupada en sus logros personales y sus urgencias. Puede que no sea sensato lo que digo. Pero es que no he desayunado pan con aceite. Hoy he desayunado bolón.

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