Eduardo, María y la Cultura

Publicado: marzo 11, 2013 en Entre historias y reflexiones

cultura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María era una de las mejores personas que Eduardo conocía. Había entrado a trabajar en su casa hacía más de treinta años. Para cuidarlos a él y a su hermana mientras los padres estaban en el trabajo. Pero María ya nunca se fue, porque la casa se habría quedado tuerta y así los dos podían robarle minutos al día y al trabajo de ella –con seguridad social- para tomar café y pedirse consejo.

Cuando era pequeño, María se llevaba a Eduardo a pasar los fines de semana a su casa, en un pueblito del norte de la isla. Para un niño con tendencia a la sobreprotección, aquello era un lujo a base de partidos de fútbol sin camiseta, bocadillos de mortadela y un vaso de duralex lleno de café con leche caliente que le preparaba  Felisa,  la madre de María. Y si todavía tenía más ganas de emociones, siempre había un trozo de chocolate La Candelaria, una delicia tosca y barata. Como decía María, “el rico manjar de los pobres”.

Pero aquello era siempre un viaje de ida y vuelta y al acabar el domingo, Eduardo regresaba a su vida de diminuto urbanita ultraperiférico. Durante aquellos viajes, la espontaneidad infantil se fue perdiendo poco a poco y un día se dio cuenta de que algo intangible, que siempre había estado ahí, le estaba separando cada vez más de mis viejos compañeros de juego y de sus familias. Y ese algo tenía mucho que ver con la cultura.

Para Eduardo, había distintas maneras de entender la cultura. Y cabía casi todo, desde Shakespeare hasta las canciones que se habían inventado las mujeres que se destrozaban la espalda limpiando la ropa en los lavaderos de cualquier pueblo. De Canarias o de Zimbabue. Cultura era conectarte con el mundo y con la existencia de la mayor parte de formas posibles. Pero no era algo fácil la cultura, ¡qué va! : llegar a disfrutarla, entenderla, enseñarla, era a veces muy difícil.

Para Eduardo sus principales problemas tenían que ver con sus inhibiciones burguesas: el catolicismo de raíz y culpa nunca se había llevado bien con la transgresión del travesti o la carnalidad de alguna obra donde dos amantes que se escondían a fornicar como animales en un pajar, entre enaguas rasgadas y pantalones de esparto.

Pero luego de reflexionar mucho, también aprendió que había enemigos de la cultura que no se curaban con psicoterapia. Y volvió a pensar en el pueblito al que iba de pequeño, en cómo poco a poco había notado el rechazo de los mayores y los pequeños a un saber, el suyo, que se iba ensanchando. “Niño de ciudad, enterado”, le decían.

Luego llegó un Gobierno que se decía muy del lugar y al que la inteligencia le parecía esnobismo. Por un lado de la boca escupían escuelas e institutos y por el otro el otro susurraban que no hacía falta aprender demasiado: “¿Para qué, para parecer un sabihondo, un esnob, un godo. Tú ponte a trabajar, hombre, que se gana más dinero, a qué te vas a dedicar a esas mariconadas”. Y así fue que muchos cerebros se alimentaron de pienso, hasta que les dijeron que era malo y ya no había dinero para becas.

Hace un par de semanas me encontré a Eduardo. Venía agarrado del brazo de su novia y con cara de gripe. “Hemos estado un par de horas escuchando una conferencia de un uruguayo” “¿Y sobre qué era? “Nada, sobre la política cultural de su gobierno de izquierdas”. Entonces Eduardo contó que en Uruguay habían proliferado los centros culturales por todos sitios. Y que el gobierno se había empeñado en romper la barrera de la cultura y acercarla de verdad a la gente. Para eso tenían también un programa muy simbólico: llevaban a la gente de pueblos remotos  hasta la capital, Montevideo, para disfrutaran de una buena obra de Ibsen o una ópera de Verdi.

Eduardo me contó que María había vuelto a estudiar. Después de trabajar en casa de su madre  se va al Instituto a Distancia. Pero no lo hace para sacar ningún provecho económico, como le pediría Wert. Sólo quiere ampliar el lenguaje.

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