La Laguna se llena de lluvia

Publicado: noviembre 7, 2012 en Entre historias y reflexiones

Mi abuela Pino era de Las Palmas de Gran Canaria, que es algo así como la Barcelona de las islas: más cosmopolita, más mezclada, con mucha más actividad económica y vida urbana. Pero le gustaba venir a La Laguna, donde vive su hija, y pasaba pequeñas temporadas con nosotros. Cuando me convertí en un pibillo que empezaba a salir de marcha con las hormonas algo desatadas, me decía: “Ten cuidado y no bebas mucho, que te puedes convertir en un borrachito lagunero”.

La Laguna siempre fue un lugar de bebedores y parranderos. Con la Universidad en las calles, siempre ha estado llena de bares y estudiantes. Los de otra época se dejaban caer por pequeñas tascas con olor a vino y queso impregnados en la pared, como La Oficina, que ya cerró hace unos años.  También estaba  Pepe “El Gago”, adonde mi padre iba todos los jueves para tomarse una cuarta de vino con los parroquianos y hablar de la vida o de lo que fuera. Y luego están los bares de mi época, más neutros, más posmodernos, pero igual de llenos.

En La Laguna se bebía también porque hacía frío y la humedad era intensa, tanto que los tejados viejos se llenaban de verodes y otros vegetales que crecían como si estuvieran en un campo fértil. Mi madre siempre ha dicho: “Ahí está La Laguna con la nube puesta”. Y la nube estaba allí, arrastrada por los vientos alisios que llegan al norte de la isla, por las brumas del monte de la Mercedes, tan mágico como un cuento celta.

La Laguna, para mí, siempre ha sido como un Macondo macaronésico, con sus familias, sus locos, sus fantasías y sus batallas. Pero últimamente nos faltaban la lluvia y el frío. Se estaba como raro, con el cuerpo incómodo. Sobraba el edredón por las noches y la chaqueta por la mañana. Uno sólo tenía su camiseta y se sentía como más solo, más vulnerable, sin nada para cubrirse y que no lo hiciera sudar. Por eso la lluvia que golpea como un millón de tracas el techo de mi casa sienta tan bien. Acabo de sacar el abrigo. ¡Ya sólo quedan los vinos, abuela! 😉

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