Un café cortado con Steinbeck

Publicado: julio 20, 2012 en Entre historias y reflexiones

Nunca subestimes el poder de los periódicos para cambiarte el día o la semana: abrí EL PAÍS el martes pasado en la cafetería que hay debajo de casa y allí estaba el escritor estadounidense John Steinbeck, con esa cara surcada de arrugas y noches de copas, agarrando con la punta de los dedos un cigarrillo que miraba hacia el techo. No tardé nada en ir a la estantería de mi casa y empezar a releer su novela Las Uvas de la Ira (1939), que leí por primera vez cuando tenía 22 años y probablemente no me enterara de nada. En aquella época creo que estaba más preocupado por acumular títulos leídos que por disfrutarlos.

Échenle un vistazo a este largo párrafo, sobre la emigración dentro de EE.UU durante la Gran Depresión:

“Tal vez podamos volver a empezar en la nueva tierra rica, en California, donde crece la fruta. Volveremos a empezar.

Pero tú no puedes empezar. Eso sólo lo puede hacer un bebé. Tú y yo… pero si somos lo que ha pasado. La ira de un momento, mil imágenes, eso somos nosotros. Somos esta tierra, esta tierra roja; y somos los años de inundación y los de polvo y los de sequía. No podemos empezar otra vez. La amargura que le vendimos al chatarrero … sí que la tiene, pero nos queda todavía. Y cuando los hombres de los propietarios nos dijeron que nos fuéramos, eso somos nosotros; y cuando el tractor derribó la casa, eso somos hasta que muramos. A California o a cualquier parte… cada uno será el director de su propio desfile de dolor y agravios, marcharemos con nuestra amargura. Y un día los ejércitos de amargura desfilarán todos en la misma dirección. Caminarán todos juntos y de ellos emanará el terror de la muerte”.

Según leía el otro día, en los primeros meses del año han abandonado el país en torno a 40.000 jóvenes, un incremento superior al 40% respecto al año anterior. Puede que lo vistamos de oportunidad vital, pero sin duda la emigración poco tiene que ver con la sana decisión cosmopolita de ir a conocer mundo, de tener una estancia en una universidad en el extranjero, de probar un tiempito en una empresa americana. En esos casos, acabas cuando quieres. Si emigras y tu madre tiene un cáncer, quizá te tengas que quedar trabajando. Y si todo sale mal, puede que la veas, pero de cuerpo presente.

Pero no acabo aquí. Mi chica me ha dicho que lo de apelar a una enfermedad es muy dramático y facilón. Entonces hablaré de Niraj, un nepalés al que me encontré en el viaje desde Kathmandu en Quatar Airways y que sabe mil veces más de literatura que yo, sin ningún doctorado. Nyrmal estudió informática en la India y luego se fue a EE.UU con su mujer, también nepalesa, a trabajar. Allí tuvieron dos niños, estadounidenses de nacimiento y corazón: “Veinte años después no tengo nada claro si hice bien marchándome. He ganado dinero, pero en EE.UU la vida es muy dura. Ya  no siento que ningún sitio sea mi casa y eso no me gusta”. Pues eso…

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