Nepal: el país de las huelgas

Publicado: mayo 17, 2012 en Entre historias y reflexiones
Foto de una manifestación de bramanes y chetris la semana pasada. Fuente: Max Drukpa en su blog "Life and Travel Photography"

Foto de una manifestación de bramanes y chetris la semana pasada. Fuente: Max Drukpa en su blog “Life and Travel Photography”

“Lo increíble es que aquí las cosas funcionen razonablemente bien a pesar de lo mala que es la situación política”. Mi amigo Derek, cooperante y uno de los pocos afroamericanos que trabajan en Katmandú, quizá tenga razón al decir esto. Nepal avanza poco a poco: el año pasado creció al 4,5% y los nepaleses bajo el umbral de la pobreza han disminuido un 15% desde finales de los noventa, según cifras oficiales. Todo a pesar de haber tenido un gobierno nuevo casi cada año. Y a pesar de las huelgas, que aquí se llaman bandhs y son uno de los elementos habituales del país.

A diez días de la fecha límite para aprobarse la constitución, el país está en ebullición. Cada vez hay más policía, cada vez más armada y cada vez más cerca de mi casa, un pequeño barrio lleno de extranjeros donde nunca ocurre casi nada. El otro día me los encontré con el rifle apartado a un lado, leyendo el periódico junto a un kiosco.

Tras varias intentonas fallidas desde 2008, los tres grandes partidos políticos, maoístas, marxistas leninistas y Partido del Congreso Nepalés –fundado en su día a imagen del Partido del Congreso Indio de Gandhi- parecen estar a punto de ponerse de acuerdo. Todo porque el Tribunal Supremo les dio un toque de atención: O se ponían serios y aprobaban el texto antes del 27 de mayo o se convocaban elecciones.

Pero aquí la intensidad política siempre viene acompañada de huelgas. Y la intensidad política es parte de Nepal: una guerra civil entre 1995 y 2006 que dejó 15.000 muertos y decenas de miles de desplazados, el asesinato del rey por parte de uno de sus hijos en 2001, un autogolpe de Estado por parte del sucesor, o una revolución democrática en 2006 que acabó con la monarquía. Y en todos estos años, miles de días de huelga.

Los protagonistas son ahora los grupos minoritarios, que se sienten ninguneados por los grandes partidos políticos. Están los disidentes maoístas, que consideran esta constitución puro reformismo derechoso. Entre ellos, están los tarus y medhesis, que quieren una constitución que divida el estado en función de las etnias. Están los antifederalistas, que quieren todo lo contario, un estado central fuerte. Están los bramanes y los chetris, las castas altas de la sociedad, que se sienten marginados. Y todavía hay mucho más.

La fiesta está servida para los próximos días. Sin autobuses, con las carreteras bloqueadas y la amenaza soterrada de los convocantes de tirarte una piedra si te pasas de listo. Tiempo para ver, escribir, descansar y leer. Pero también, tiempo para pensar lo que es una huelga: en España, un derecho constitucional que muchas veces se traduce en la presión del empresario para que vayas a trabajar, frente a la del sindicato para que no lo hagas. Una lucha de hegemonías en la que el empresario parece haber ganado la partida, entre el apoyo de la derecha tipo Esperanza Aguirre y el escepticismo de buena parte de la izquierda. En Nepal, una forma de presión donde el huelguista con un poco de fuerza es como un Dios con palo en la mano vigilado de lejos, para que no se pase.

Pero alejados de las grandes avenidas de la historia, los barrios sortean el poder sindical: los obreros de enfrente de casa siguen empezando a trabajar –y a despertarme- a las seis de la mañana. Sin casco, como siempre, en chanclas, como siempre, y si gafas para soldar las vigas de hierro. Como siempre. El señor de las verduras, que las trae de la India, se pondrá a pasear con su bicicleta y mi novia le dirá “next day”, porque solemos comprar en un sitio donde nos parecen mejores. Y esta tarde me acercaré a filosofar sobre la situación de Nepal con mi amigo Derek en el café Soma, un lugar de guiris y clase media nepalesa. Seguro que tendrán las persianas medio cerradas. Por si llega la turbamulta y hay que protegerse de alguna pedrada.

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