Coche quemado con mandíbula rota

Publicado: noviembre 14, 2011 en Entre historias y reflexiones

A mi amigo Pablo le reventaron la cara la madrugada del jueves al viernes. A mi novia Vane se le quemó ayer el coche en un aparcamiento al aire libre que hay cerca del centro de La Laguna, en el viejo barrio obrero de San Honorato.

Pablo debía estar buscando el último garito abierto, porque a eso de las cinco de la mañana de un jueves, Pablo siempre está buscando el último garito abierto. Pero a cuatro subnormales no les pareció bien que él fuera con su Ipod y unos cascos escuchando su complicada música electrónica. Decidieron tirarlo al suelo y empezar a pegarle patadas en la cara. Nihilismo del siglo XXI: como tú te lo estás pasando bien, yo te crujo, porque es la única forma de saciar mi resentimiento.

Ayer Vane y yo fuimos a ver a Pablo al hospital. Estaba bastante bien, con una de esas bombas analgésicas que te alegran el día, la mandíbula amarrada con mil elásticos y sólo un diente un poco a la virulé. A la salida, un espontáneo que hace de vigilante de aparcamientos que no necestitan vigilancia se empeñó en cerrarnos bien el capó del coche, algo que no hemos conseguido en meses. Dos macanazos secos y contundentes que anticipaban la tragedia.

Pronto olimos la gasolina. Vane, no se sabe muy bien por qué, se metió por la carretera general y no por la autopista, como hace siempre. Empezó a sentir electricidad en las manos (señal de inquietud en su universo emocional) y, no sabe muy bien por qué, decidió meterse en dirección contraria a llegar a La Laguna para dejar el coche en un parking al aire libre, en lugar de meterse en el centro. Tampoco se sabe muy bien por qué, pero no aparcó a la primera, como hace siempre, y tuvo que dar marcha atrás.  Y así dejó espacio para el humo, para escapar, para el fuego, para los dos petardazos. Incluso, facilitó el trabajo a los bomberos. Y dejó coche lo suficientemente alejado del resto para no provocar un gran incendio. Sólo estropeó un poquito el faro y el guardabarro del coche de un italiano que está empadronado en Arona, al otro lado de la isla. ¿Qué hacía ahí a esas horas de la noche? ¿Lo sabría su mujer?:

“Cuando Pablo salió el jueves por la noche del bar Txola nunca pudo imaginar….”

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